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CAMINANDO POR EL PARAÍSO

Por Martin Mercado
Siempre tuve muy en claro lo que es el paraíso. O al menos lo que eso  representa para mí. Lamento decepcionar a ciertos religiosos, y a quienes ansíen como paraíso a un cielo repleto de ángeles con aureolas luminosas sobre sus cabezas y mujeres tocando el arpa todo el día. A decir verdad me encuentro muy lejos de esos pensamientos. Al escuchar esta bella palabra, inmediatamente la asocio con algo muy hermoso, como el tesoro más preciado e inigualable al que uno pueda llegar a aspirar. Por eso, muy a menudo, imagino un sitio que amé, amo y amaré a lo largo de mi vida, y más allá de ella también. 

Contrariamente muchas personas piensan en el fantaseando con una playa de  arena blanca, agua cristalina, y palmeras aliviando el calor caribeño “Esto es el paraíso” balbucean mientras caminan al mar con un trago de ron en la mano. Y tal vez algo de razón tengan. ¿Quién podría dudar de semejante belleza? 


Pero en mi caso, acontece algo diferente. Mi idea sobre un tema tan delicado es sencillísima aunque profunda. Habitual y magnífica. No debo involucrarme en ninguna clase de gastos desorbitantes, ni trasladarme tres mil kilómetros. A lo sumo demoro dos horas, e invirtiendo diez o quince pesos, si es que me encuentro en la Capital. 

A la vez no debo morir ni purificar el alma para alcanzar el objetivo, sino al  revés, porque comienzo a marchitarme como una flor en otoño si no estoy recorriendo sus rincones, o si me ausento de él por un largo período. 


Tal vez por eso, jamás me resultó seductora la idea de vacacionar por más de quince días, o mudarme a un lugar repleto de carteles luminosos, innumerables centros comerciales, y autopistas que conducen a ninguna parte. 


Porque el paraíso, lo que todo el mundo cree sobre el paraíso, para mi es muchísimo más simple y accesible. Me basta con bajar del tren y divisar sus aceras viejas con baldosas flojas, los típicos rectángulos de tierra, sus árboles repletos de hojas verdes, y los perros recostados en la esquina de Carlitos, justo a la vuelta del lugar donde todas las madrugadas hacen el mejor pan que uno puede llegar a degustar en la vida. 


Y por sobre todas las cosas en mi paraíso viví las mejores historias de la vida. Llevo las suelas gastadas de haberlo transitado sin documentos, pasaportes, ni más papeles que los necesarios para hacer avioncitos o barcos de juguete junto a todos mis amigos de la infancia.

Por eso cada mañana, cuando abro las puertas para airear un poco la casa siento la tentación de asomarme por la ventana, espiar los sucesos que transcurren allí, y ser testigo de las cosas más hermosas que pueden acontecer. Porque eso es el paraíso. Aquellas calles que oficiaron de canchita de fútbol centenares de veces, esas veredas antiguas que caminé tomado de la mano de mi abuela los días que cobraba su jubilación, y me llevaba a comprar galletitas dulces al almacén de Don Arturo.
Así que lamento decepcionar a quienes esperaban otra clase de desenlace, porque el barrio, la plaza donde mi hermano me enseñó a andar en bicicleta, y que luego fue testigo de las primeras noviecitas de la infancia, y todos los seres queridos que formaron parte de tan bella hazaña, representan el paraíso más precioso de todos, en el que quiero permanecer para siempre.
Sin embargo a medida que transcurre el tiempo la gente va creyendo en otra clase de paraíso, que nada tiene que ver con el amor, la inocencia de la niñez, o la pureza de la verdadera amistad. ¡Qué absurda que es la vida!
Por suerte mi postura es muy diferente, firme e inmodificable. Yo elijo nuevamente sentir la cálida brisa del recuerdo acariciando mi rostro hasta hacerme llorar, una vez más apuesto por los sentimientos más puros que sustentan el alma, e iluminan mis momentos. Y debo concluir la tarea de inmediato porque pese a mi barba repleta de canas, y el abdomen abultado a causa de la cerveza, empiezo a soñar que vuelvo a ser un niño de diez años, y los vecinos de la cuadra me llaman para salir a jugar a la escondida hasta entrado el atardecer, al momento exacto en el que mi vieja abre la puerta de casa y grita que ya es tarde, que está por llegar mi padre del trabajo y va a enojarse al constatar que todavía no terminé los deberes de la escuela. 
Quizás algún día todo se haga realidad y nos encontremos unidos para siempre de una buena vez por todas. Tal vez la vida se apiade de nosotros en esos instantes finales y nos haga un último favor. Mientras tanto continuaré en puntitas de pie, trepado a la ventana, expectante e ilusionado, esperando el regreso de aquel niño que vuelve de comprar galletitas del almacén de Don Arturo, tomado de la mano de su abuela. Al fin y al cabo en el paraíso todo puede suceder..