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HISTORIA DE AMOR

Por Martin Mercado


La crónica se sitúa en un reducto del conurbano bonaerense, más precisamente  en la zona oeste, donde como todos ya sabemos, las lunas son eternas y las noches más notables que en el resto de las regiones. 

Aquí las historias de amor poseen un final sumamente feliz o extremadamente trágico y el destino se encarga en sepultar sin preámbulos algún viso esperanzador de algún romance que aún vaga mal herido por sus calles oscuras. Por estas latitudes no existen los puntos medios. Pero no voy a introducirme en esos temas ahora. Una historia de amor se presenta y como ya sabemos, estos temas no deben esperar.
El hecho se dio en un ámbito pequeño, sencillo, común y habitual, aunque mágico y asombrosamente cálido. Ubicado sobre un territorio ambiguo, donde centenares de seres caminan con prisa y sin pausa hacia los andenes del ferrocarril y paradas de colectivos, y tantos otros que no hacen más que esperar el paso del día, y contemplar la vida sumergidos en sus pensamientos.
Allí acude, religiosamente, un sujeto muy particular. Despeinado, un tanto mal oliente, con pantalones anchos y gastados y un mondadientes al costado de su boca torcida. Su léxico y extraño caminar, sumado a los gestos que emplea mientras balbucea a los vientos, lo hacen un flanco fácil de cargadas y risas ante el gentío que abunda en las proximidades del lugar.

Su presencia es tal, que causa algo de simpatía a quienes no conocen nada de él. Detrás de sus gafas viejas, opacas y de cristales rayados, se oculta una mirada perdida, desorbitada y turbia, aunque benévola y un tanto infantil. 


Pese a ser una persona popular o conocida en el ambiente y en la zona céntrica del barrio en cuestión, no son muchos quienes saben su identidad y su porvenir. Mucho menos los destinos y caminos que su vida ha transitado. El hombre deambula de aquí para allá. Charla con este y con aquél, y rápidamente se marcha, algunas veces con papeles en las manos o facturas que debe pagar de inmediato. (Los comerciantes de la cuadra lo envían a hacer trámites siendo un buen modo de sumar algunos pesos)

Aunque ello requiera su tiempo, también encuentra otro modo de ganarse la vida. Y creo que ahí reside su mayor fuente de ingresos, ya Que su tiempo transcurre mayoritariamente en este lugar. El bar de la estación. Ahí mismo se mezcla entre los parroquianos del sitio, domina todas las barajas e historias que se ocultan en las mesas, entra y sale como si fuera su casa. O tal vez más.
Es un conocedor absoluto del ambiente y del público que acude. Porque el viejo salón tiene diferentes públicos en cada momento del día. No es lo mismo la mañana donde se mezclan los hombres que desayunan y leen el diario, mezclados con algunos bebedores matinales, que el mediodía, en donde el lugar se repleta de obreros y comerciantes para almorzar algo abundante y económico. Por la tarde, sobre todo a la hora de la siesta, una sólida quietud asemeja al lugar con un pueblo olvidado, aunque algún que otro ser deambula sus relatos en el mostrador conversándole a la nada. Ya al atardecer las mesas van ocupándose en su totalidad y él es dónde más cómodo se halla. Hay quienes pasan sus días y su vida, frecuentando todos los turnos, pero es algo que merece otros análisis.
La gente que visite el lugar, podrá contemplar al protagonista del relato y a sus extraños movimientos. Cuando una mesa se desocupa, él se dirige hacia allí a levantar los vasos y las botellas o los platos en caso de que los haya. Rápidamente vuelve con un trapo rejilla y limpia la madera, dejándola preparada para quien quiera disponer de la misma.
Lo curioso de todo, lo relevante del hecho, no es solo su proceder, si no que el personaje en cuestión, aunque obre como tal, no es empleado del bar. Así es. Colabora por propinas y por algunos tragos que el dueño del lugar provee. Y quien pretenda juzgarlo por esto procure no hacerlo ¿Acaso hay algo de malo en ello? 
Los años transcurren y él perdura allí. Pese a las adversidades que afronta, contra vientos y mareas, haciéndole frente a las miradas frías y burlas contaminadas de la sociedad. El permanece, insoslayablemente.
Mientras escribo estas líneas, debo confesar que estoy sintiendo una gran tentación de acudir al lugar y contemplar su accionar. Mirándolo por sobre el periódico, sin que él pueda verme y darse cuenta, para no perturbarlo ni hacerlo sentir incómodo. No merece ello. Al fin y al cabo, él es el actor principal de las tardes, para quien este atento a algunos sucesos. No voy a revelar cuales. Llevaría gran cantidad de tiempo enumerarlos, no es que no lo merezca, todo lo contrario. 

Pero este texto se titula “una historia de amor” entonces haremos mención a ella exclusivamente. Y más de uno se preguntará en que consiste la historia o que tienen que ver los hechos mencionados con una historia de amor. Su duda será despejada en unos breves instantes. Quienes no la comprendan no sientan pena ni aflicción. 


Nada de eso. Es que una historia de semejante relevancia es difícil de comprender. Sobre todo cuando hablamos de un bar y no de un palacio, de un hombre barrial y no un príncipe azul.

Cierta tarde que barría el suelo mugriento del lugar, repleto de servilletas y cigarros, divisé que emitía algunas palabras. Desde mi posición no pude divisar a quién estaba dirigiéndoselas. Nada fuera de lo normal, ya que suele dialogar solo o pensar en voz alta.
Un tiempo después repitió el mismo proceder y nuevamente divisé la misma situación. Al presenciarlo, esta vez me incorporé y pude comprender de qué se trataba.

En ese preciso instante, su voz se tornó dulce, y sus ojos brillaron con una excesiva ternura pese a sus gafas sucias. Es que su amigo, su compañero de vida se hallaba en el salón también. A decir verdad se encontraba todos los días en el lugar. A veces permanecía todo el tiempo en el fondo, en el patio de atrás, sobre todo en los horarios donde hay mucha gente, y en otras ocasiones, correteaba y jugaba con los presentes. 


Quién escribe tuvo el privilegio de encargar una cerveza y ser correspondido por este entrañable ser, ante la vista de su amigo que contemplaba desde las penumbras. 

Una tarde que prometía ser cualquiera, mientras sumergía mis pensamientos y miraba a través del ventanal, en uno de esos días quietos y fatigados, de horas que se estancan en la nada, fui testigo de un maravilloso hecho que quedará para siempre en mi memoria.
De repente, algo sucedió. El rostro de este extraño y simpático ser se iluminó como nunca antes había visto. 
Y desde el fondo del salón se aproximó corriendo, rápido y feliz, su querido amigo, ese mismo al que él hablaba con ternura mientras barría el suelo. ¿Cómo no ser amable con él? si justamente su amistad se basaba en los parámetros más dignos de la vida. Él no lo discriminaba, no se burlaba y lo quería y aceptaba tal cual era.
Entonces dejó el vaso de vino tinto que aferraba en su mano y lo depositó en un rincón del mostrador, a medio tomar, oculto tras un recipiente donde se guardan las medialunas. No sea cosa que alguno finja equivocarse y lo beba por él.
Así que cometido el acto, se abrazaron a su modo, y los dos se encontraron en una felicidad suprema, única. De esas que sólo aparecen de cuando en vez. Acarició su cabeza y colocó la correa. El amor que ambos derramaban contagiaba a cualquier persona que contenga aunque sea, una pequeña dosis de sensibilidad.
Y desde atrás del mostrador, uno de los dueños del antiguo salón preguntó gritando “¡¿Dónde está el perro!?” a lo que un parroquiano del bar respondió: “Salió a pasear con su amigo”

Y los dos se perdieron durante un rato encaminados en las veredas angostas, dueños de una felicidad inmejorable, cautivos de una cálida hermandad que ennoblece el alma y alimenta los sueños. 


Hay quienes vivieron el momento como si nada hubiera pasado, como algo irrelevante y sin sentido. Pero para quién posee el don de la amistad, y la sabiduría de saber observar el amor pleno, entenderá que una historia pura de amor acaba de ser acontecida.