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UN ANHELO

Por Martin Mercado
Su deseo era muy simple, casi tanto como él. Yo que he sido testigo de su  desbordante alegría final, juré desde aquél día plasmar en un pequeño texto ese delicado y sentido momento.
Intentaré ser lo más breve posible. Porque no necesito explicar demasiado al tratarse de algo tan cotidiano y hermoso; además, intuyo que él así lo hubiese querido. Asimismo debo enumerar una serie de acontecimientos que serán útiles para una mejor interpretación de la historia. Comprendo que ciertas personas no logren entender cómo es posible que exista un hombre que sueñe con algo tan pequeño (según sus pensamientos) y que además haya alguien que cuente o intente retratar dicho acto sin precedentes.
Pero no debemos preocuparnos por esta clase de individuos carentes de sensibilidad, al fin y al cabo nuestras expectativas en la vida son muy diferentes. 
Pese a haber cumplido cuarenta y dos años el pasado cinco de abril, su postura continuaba firme e irrevocable. Su inmensa ilusión se desvanecía cada vez que pasaba la fecha de su cumpleaños y el deseo no podía consumarse. Por otro lado, sentía algo de pudor y no quería, por aquellos tiempos, que sus amigos y familiares conociesen semejante anhelo singular. Al llegar la navidad, y las proximidades de reyes sus ojos brillaban como si fuese un niño con un juguete nuevo. Creía que quizás, alguien podría apiadarse y facilitarle la tarea. Pero el obsequio no llegaba, y al no tener hijos, ni niños frecuentando sus días, el asunto se complicaba más. De esta forma no podía usarlos de excusa para aproximarse a su esperado final.
Pasaron una considerable cantidad de años, más exactamente diez. Pero como todos sabemos, la esperanza y la ilusión de un hombre de corazón noble son difíciles de doblegar, sobre todo al tratarse de sueños que acarician las entrañas y perfuman la vida de calidez.
Tal vez por eso, en la mismísima mañana de aquél cinco de abril, el día que cumplía cincuenta y dos años, alguien golpeó su puerta en forma reiterada y potente. Palmas, chiflidos y nuevamente otro sacudón a la vieja puerta color marrón claro. Despeinado y con el rostro cansado se dirigió hacia la entrada con un humor poco agradable.
—¡¿Quién es!? ¡¿A usted le parece modo de acudir a la casa de alguien?!
Corrió el único pasador que oficiaba de traba de seguridad y abrió con fuerza, ya que la madera hinchada rozaba las cerámicas del comedor.  
Al observar que nadie se hallaba del lado de afuera, no hizo más que fastidiarse e insultar hasta a su propia madre. De más está decir cuál fue el improperio repetido unas cuatro veces.
Un poco más calmo ahora, entendió que era hora de incorporarse. Tomó una ducha y preparó un café bien negro y cargado. Al fin de cuentas, era el día de su cumpleaños y algunos amigos pasarían por su casa para saludarlo, y brindar junto a él después de casi toda una vida de amistad. Alberto, uno de los organizadores de la reunión, llamó por teléfono para desearle un feliz cumpleaños, y para comunicarle que lamentablemente no podía asistir al encuentro, aduciendo que estaba repleto de trabajo. Algo extraño en él que en su vida le había fallado a su amigo del alma, y menos aún por cuestiones laborales.
El sol del mediodía de Abril brillaba en todo su esplendor, las señoras del barrio volvían a sus casas luego de hacer las compras. Pudo ver como una de sus vecinas, Elsa, caminaba a toda prisa mientras miraba hacia arriba, dándose vuelta a cada rato. Realmente no le interesó en absoluto el comportamiento de una de las mujeres más chismosas de la cuadra. La preocupación de él pasaba por otro lado. Sus amigos todavía no llegaban, y apenas uno solo lo había saludado.

Los minutos transcurrían y su tristeza crecía junto al correr del tiempo. Realmente amaba festejar estas fechas y sentirse un niño otra vez, como aquellos tiempos en que su madre le colocaba un bonete en la cabeza y su papá y abuelos le cantaban el feliz cumpleaños, junto a Alberto y toda la barra de amigos que mantenía hasta hoy. En su adultez, se comportaba de la misma manera. Solo que reemplazaba la gaseosa por el vino, y los pebetes de jamón y queso, por el asado. Pero la esencia de su nobleza continuaba intacta. En el fondo de sus ojos brillaba la inocencia pese a su cotidiano mal humor matinal. 


Cuando el panorama se presentaba más desolador aún, y en el preciso instante en que Oscar también lo llamaba por teléfono para saludarlo, alguien golpeó nuevamente su puerta. Otra vez fuerte y violentamente. Esta vez colgó el teléfono de inmediato dejando a Oscar sin siquiera poder desearle felicidades. Corrió y abrió la puerta, quedándose con el picaporte en la mano. Nuevamente no había nadie. Elsa, la vecina chismosa que todo lo sabía, esta vez por fin tuvo un gesto destacable. Un poco por su ansiedad de contarle a alguien un nuevo suceso, y otro poco para quejarse como hacía siempre. 

Se acercó y dijo enojada:
—¡¿Acaso no va a salir a ver qué es lo que pasa!?
—¿Pero de qué habla, Elsa?
—Claro, total yo para todos soy la vieja loca ¿no es cierto? Pero ahora le
importa saber qué es lo que le pasa a Elsa ¿Verdad? ¿O no es así, eh?
—Por favor, Elsa, ¿puede decirme de qué está hablando? Tengo muchas cosas
que hacer y además dejé la olla en el fuego.
—De eso hablo —dijo la señora enojada mirando hacia arriba e indicando con
el dedo el lugar donde se hallaba el tesoro más preciado para su vecino.
Ahí estaba. Colorido y reluciente, brillando sobre todos los malos momentos del día, haciendo trizas cualquier pesar que aquejan la vida de cualquier hombre común, iluminándole el día con la calidez de su artístico movimiento. Bien atado al árbol que tenía al lado de su casa, para que no se extraviara en otras latitudes. Hermoso, igualito al que tantas veces había soñado a lo largo de su vida. Exactamente idéntico al que le había regalado su mamá el día que cumplió diez años.
Saltó la verja que lo separaba unos metros de su tan ansiado deseo y se paró frente al paraíso verde. Cuidadosamente desenredó el piolín, e intento quitarlo de las ramas sin romperlo. Lo tomó con las dos manos, con extrema delicadeza y amor, contemplándolo de cerca.
Corrió desenfrenado por la vereda, ayudado por el viento que elevaba el precioso barrilete de papel por los cálidos aires de abril. Algunos niños se unieron al festejo con sus propios cometas. El cielo se pintaba de colores y el mundo parecía feliz.
Cuando volvía trotando, con la sonrisa fija en su cara, la camisa abierta y transpirada y con su anhelo consumado, la señora Elsa volvió para increparlo, enojada y levantando la voz.
—¡Y la próxima vez dígale a sus amigos que maduren un poco, que ya están grandes para estas cosas! ¡¿Qué es eso de trepar a un árbol con un barrilete?! Estuve a punto de llamar a la policía, además casi me tiran al suelo cuando pasaban corriendo después de golpearle la puerta, riéndose como nenes. ¡¿Le parece, a usted le parece?! ¡Pero por favor, hombre! Ah, casi me olvidaba. Que tenga un feliz cumpleaños. Chau.